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LA MÁSCARA, EL DAIMÓN Y EL YO MULTIPLICADO
Cómo la película de Jim Carrey anticipó la macrotendencia de las mil personalidades digitales
Por Alex Márquez
Amigos… aquí les va algo muy interesante.
Hace poco, estando en el teatro de Epidauro, en Grecia, ese lugar sagrado donde la voz viaja con una claridad imposible y donde nació buena parte del arte dramático occidental, no pude evitar pensar en una película que, curiosamente, también trata sobre máscaras, identidades y explosiones internas: La Máscara, protagonizada por Jim Carrey.
A primera vista parece una comedia, un juguete visual diseñado para hacernos reír. Pero, como suele ocurrir con las obras que trascienden, es mucho más que eso. Es una metáfora viviente de lo que los griegos llamaban ὑποκριτής — hypokrités, el actor teatral, literalmente “el que responde detrás de la máscara”. Y es también un espejo anticipado de nuestro tiempo: un mundo donde las redes sociales nos han convertido en intérpretes permanentes, saltando de personalidad en personalidad con la velocidad de un clic.
Porque, ¿qué creen…?
La película y la filosofía griega se encuentran justo donde menos lo imaginamos.
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I. El hypokrités: el actor que no era “hipócrita”
En la Grecia clásica, el actor se llamaba hypokrités, término que hoy se transformó en “hipócrita”, pero que originalmente no tenía nada de moralizante. No significaba falso ni fingido: significaba intérprete, el que respondía al coro, el que daba vida al personaje.
El hypokrités se escondía —o más bien se revelaba— detrás del prósopon (πρόσωπον), la gran máscara teatral que amplificaba la voz y definía el carácter. Y este prósopon era más que un objeto: era un puente entre la identidad interior y la representación exterior.
Lo fascinante es que los romanos heredaron ese concepto y lo transformaron en la palabra persona, que originalmente también significaba máscara, probablemente derivada de per-sonare, “sonar a través”. Con el tiempo, persona comenzó a significar identidad, carácter, personalidad.
En otras palabras:
en el origen, la personalidad era una máscara.
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II. Jim Carrey: un hypokrités moderno
Aquí entra Jim Carrey, ese actor cuya elasticidad corporal desafía la anatomía y cuyo rostro parece un instrumento expresivo sin límites. En La Máscara, Carrey no solo actúa: se convierte en el arquetipo del hypokrités moderno. Cada gesto, cada baile del Coco Bongo, cada movimiento imposible —realizado sin dobles— es una actualización visual de una idea antigua: la máscara libera lo que la sociedad reprime.
Stanley Ipkiss, tímido y temeroso del “qué dirán”, representa la persona social: el papel aceptado, el carácter moderado, la sombra de sí mismo. Pero cuando encuentra la máscara verde, se desata su daimón, esa fuerza interior que, según Platón, nos impulsa a realizar nuestra esencia más profunda.
Cuando se la coloca, aparece el personaje frenético, atrevido, extrovertido, exagerado. No se convierte en alguien distinto: se convierte en lo que siempre fue sin permiso para expresarlo.
La máscara, en la película y en la filosofía, no oculta: revela.
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III. Epidauro y la verdad que nace detrás del prósopon
En el teatro de Epidauro, donde el más leve susurro se escucha desde la última fila, comprendí algo: los griegos no inventaron la máscara para esconder la identidad, sino para amplificar una esencia. La máscara no falsificaba; potenciaba.
Y La Máscara de Jim Carrey es, curiosamente, una alegoría moderna de esa misma idea. El prósopon liberaba la voz del actor antiguo; la máscara verde libera la identidad reprimida del protagonista moderno. Uno en un teatro; otro en una jungla urbana. Uno en Atenas; otro en Edge City.
Pero ambos en el mismo dilema:
¿Quién soy cuando dejo de interpretar… o cuando me atrevo a interpretar lo que realmente soy?
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IV. La macrotendencia digital: las mil máscaras del yo
Y ahora… aquí viene el punto clave: las redes sociales han convertido al mundo entero en un escenario.
Cada perfil es un prósopon.
Cada cuenta es una personalidad.
Cada foto es un acto performativo.
Cada reel es un papel distinto.
Vivimos en la era de la hiperidentidad, una macrotendencia que está redefiniendo la psicología humana. Adoptamos máscaras digitales no solo para expresarnos, sino también para protegernos, influir, pertenecer o destacar. Somos, como dirían los griegos, hypokrités en una obra gigantesca, sin descanso, sin cerrar telón.
Pero a diferencia del teatro clásico, ahora tenemos demasiadas máscaras al mismo tiempo: la profesional, la aspiracional, la fotogénica, la políticamente correcta, la graciosa, la indignada, la viajera, la motivacional. Una para cada plataforma; una para cada audiencia.
Y, como Stanley Ipkiss, corremos el riesgo de perdernos entre tantas versiones de nosotros mismos.
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V. La ley de la selva mental: influir o ser influido
En la película, cuando Stanley no se atreve a actuar, el mundo lo devora. En la vida real, ocurre igual.
Y lo digo con claridad:
En la ley de la selva física es comer o ser comido.
En la ley de la selva mental es influir o ser influido.
Las redes sociales son la nueva jungla.
Un ecosistema donde cada máscara que vemos influye en quién creemos que debemos ser.
Y si no actuamos con conciencia, terminamos usando personalidades que no son nuestras, siguiendo corrientes que no comprendemos y repitiendo guiones que otros escriben.
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VI. Conclusión: elegir la máscara correcta
Aquí en Epidauro, mirando el escenario intacto después de 24 siglos, entendí algo esencial:
La madurez no consiste en dejar de usar máscaras,
sino en elegirlas con sabiduría.
La máscara adecuada no te oculta: te revela.
La personalidad correcta no te aprisiona: te libera.
El papel que eliges interpretar determina quién se convierte en tu verdadero yo.
Como les digo en mis conferencias y en los Learning Tours:
No somos prisioneros de nuestras máscaras.
Somos los artesanos de ellas.
Y el mundo —este mundo digital, veloz, influenciable y lleno de personajes— nos exige algo que los griegos sabían muy bien:
ser conscientes del papel que estamos representando.
Porque quien no elige su máscara…
termina usando la máscara que otros le ponen.